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PRÓLOGO
l eminente naturalista Joaquín
Araujo escribió una vez que muchos seres humanos nacen,
viven y mueren sin que a lo largo de la existencia haya
pasado por sus mentes ni una sola idea propia, limitándose a
asumir las ideas de otros, o a digerir sin discusión los
pensamientos elaborados, dirigidos y divulgados por los
canales mediáticos. Aunque racionales, somos seres
moldeables, y son pocos los que reconocen y practican
plenamente sus propias capacidades e independencia de
juicio, pensando por si mismas y rechazando seguir patrones
o caminos intelectuales ajenos.
Las Mentes Inquietas no sólo
seguimos nuestro propio camino, además somos inconformistas
y ansiamos soluciones para numerosas cuestiones que nos
planteamos. No aceptamos ambigüedades o que las cosas
ocurran por que sí: si algo ocurre es porque debe tener
algún fin. Este principio ya nos define y sitúa en una
orientación filosófica concreta: la Pragmatista. Desde que
la teoría de Darwin comenzó a ser universalmente aceptada el
Intelectualismo fue cediendo el sitio al Pragmatismo. El
hecho evolutivo es innegable, y su manifestación en términos
de mente humana ha llegado incluso a un extremo paradójico:
si los humanos han aprendido a pensar para alimentarse, su
evolución ha sido tal que ya existen humanos que se
alimentan sólo para pensar.
A lo largo de la historia, cuando
ni siquiera se teorizaba sobre el Pragmatismo, un buen
número de Mentes Inquietas arrojaron luz sobre nuestras
dudas más oscuras, la mayoría relacionadas con las ciencias,
de esta forma se desvanecieron progresivamente muchos mitos
y teorías. Algunas de esas mentes, por sus planteamientos
inéditos y contrarios a las doctrinas intelectualistas
reinantes, dieron en su tiempo con la intransigencia de sus
congéneres, y con aquellos de mira estrecha incapaces de
ampliar horizontes. Hoy, en nuestra era, esas prácticas nos
parecerían inconcebibles.
Como pragmáticos que somos, miramos
hacia delante persiguiendo los resultados útiles de las
ideas, y respuestas alternativas a las puramente místicas o
metafísicas, respetando no obstante las creencias de cada
cual. Nos quedan muchas interrogantes pendientes en
numerosos campos del saber y no censuramos ninguno:
exploramos igualmente las para-ciencias, las ciencias puras
o las aplicadas; no nos atemoriza introducirnos en los
complicados entresijos del cerebro humano y sus
manifestaciones sociológicas; desmenuzamos y analizamos las
novedosas invenciones tecnológicas; o, retrocedemos en el
tiempo para buscar las raíces del conocimiento actual.
Nuestras ambiciones no quedarían
totalmente satisfechas, si no buceásemos también en las
biografías de nuestros homólogos que vivieron tiempos
pretéritos, aquellos que, como nosotros, con medios técnicos
más rudimentarios pero con unas Mentes Inquietas, abiertas e
infinitamente curiosas, despejaron el camino de la verdad de
una buena parte de obstáculos. Ahora, proseguiremos esa
labor con el mismo entusiasmo.
Prólogo de Abel Domínguez
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